La honestidad de Albert Boadella

Octubre 11 07:53 2015 Print This Article
Roberto Giménez

Roberto Giménez

El sábado yendo a La Garriga, por la carretera de Llerona, viendo que en todas las rotondas de Les Franqueses estaba izada una enorme senyera que por nueva parecía recién colocada, pensé en Albert Boadella por esos automatismos que uno tiene el subconsciente.

Sí pensé en Albert Boadella porque recordaba un programa de la 2, Imprescindibles se llama, en el que el fundador y ex director de Els Joglars sobre las banderas decía: Ha existido un nacionalismo español durante la dictadura insoportable, y ahora lo vivo en Cataluña. Oír mil veces cada día la palabra Cataluña, las banderas por todos los lados, igual que antes, me resulta muy aburrido. Me hace gracia que cuando un conductor lleva en el coche una pegatina con la bandera de España la gente, incluso en Burgos, dice: ‘mira un facha’ y esto me es agradable, porque quiere decir que el nacionalismo español es residual…. 

A Boadella no le gustan nada los nacionalismos, las banderas y menos su profusión. A mi no me molestan y, por supuesto, prefiero la senyera mil veces, repitiendo al cómico, a la estelada que la ANC ha colocado en la entrada de Can Bassa, un barrio donde tiene muy poco predicamento, por cierto.

Albert Boadella me parece uno de los personajes públicos más honestos y sinceros que existen en Cataluña. Un raro espécimen con valor y chispa. No lo digo por la acidez ya legendaria que se gastaba con el ex Honorable y todo lo que huele a sagrado, nacionalismo incluido.

Boadella es la quinta esencia de un transgresor.

Tengo un recuerdo de la adolescencia en una obra mítica del catalanismo antifranquista estrenada en 1974, Alias Serrallonga, una recreación del mítico bandolero catalán del siglo XVII.

Fue aquella noche de teatro cuando oí por primera vez con flabioles las delicadas notas de Els Segadors. Boadella salió a escena al final de la obra en paños menores con un pañal blanco que llevaba por detrás y por delante marcada una pequeña señera que emocionó y puso en pie al antiguo Palacio de Cristal de Lérida. Era la primavera de la vida de mi generación. 1975. Entonces no lo sabíamos.

Franco estaba vivo. Quince años después se mofó de Jordi Pujol con el espectáculo Ubú president. Lo hizo cuando el Molt Honorable tenía mayoría absoluta y vivía en el Parnaso de su carrera política, dejando las parihuelas a un Felipe González que había perdido su mayoría.

Ningún comediante se atrevía a una cosa así, nadie, salvo Albert Boadella. Hace falta mucho valor para atreverse a burlarse del Poder. Hoy se hace en Polònia, pero no es lo mismo treinta años después…

El atrevimiento (como el genio) es hacer antes, lo que la gente ve normal después.

Albert Boadella me parece una de los personajes más honestos de Cataluña, pero no por sus manías a la profusión de banderas (en ese programa de Imprescindibles decía sin sorna que del único nacionalismo que podría fichar sería el que como rasgo diferencial dijera que su nación, la que fuera, era la más burra de Europa…), sino porque en ese programa no bromeaba. Iba en serio cuando le preguntaron si hubiera dirigido La Torna por la que estuvo unas semanas en La Modelo y se escapó en una huida, digna de un comediante como él, un día antes del juicio militar que le esperaba.

Cualquier político o minundis hubiera dicho una machada parecida a esta: lo volvería a hacer porque la libertad de expresión es un derecho inalienable. Y habría quedado como un señor, pero Boadella sin jactarse de nada, dijo lo contrario. No busca el aplauso fácil así que sin dudar dijo que de haberlo sabido no lo hubiera hecho.

Hay que ser honesto para decirlo hoy, porque aquel episodio de su vida de saltimbanqui le hizo célebre. Se había burlado de la Justicia Militar que le tenía preparada las horcas caudinas. No le hubiera costado nada hacer lo que hacen casi todos: colocarse en la cabeza dos hojas de laurel.

Pero Albert Boadella no es ningún cobarde. Es un cómico pero no es un farsante.

 

Roberto Giménez

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