Napoleón tenía razón

febrero 21 10:07 2016 Print This Article
Roberto Giménez

Roberto Giménez

Napoleón tenía razón cuando dijo algo parecido a esto: la lección de amor a la nación que se enseña en la escuela nunca se olvida.

Advierto que este escrito podría ser algo más que un opúsculo, un ensayo, pero lo jibarizaré como breviario, porque estoy sujeto a la tiranía del espacio. Me entenderán cuando sigan leyendo.

En los años 80 escribí un artículo que escandalizó a algunos lectores vallesanos, pero que mantengo hoy: dije que no existe una cultura catalana como tal. Si no en todo caso es una subcultura. Lo escribí en un catalán académico para que entrara suave con vaselina, pero no sirvió como sedante. No hablé de la lengua porque hay que saber distinguir entre cultura y lengua. Van de la mano, pero no son lo mismo. La Lengua es un vehículo de comunicación, la Cultura es una forma de ver la vida. No existe una forma catalana de vivirla. Tal vez a excepción de los militantes de la ANC y Omnium… Permítanme una broma que luego la haré a la española: hay más culés fuera que en Cataluña…

Que ningún catalanista que me lea se enerve. No al menos hasta que llegue al punto y final.

Nuestra Cultura, en mayúscula, la cultura que tenemos es la europea, la Occidental; cuyo sustrato es una tierra fértil y la más rica que existe con cuatro niveles superpuestos: la raíz de la filosofía griega, la simiente de la fe y tradiciones cristianas, el Imperio de la Ley y la santificación de la Razón. En esencia, esto es Occidente del que Cataluña forma parte como territorio hispano más avanzado por la influencia carolingia.

Independientemente de que esta cultura no todos la tienen por igual, pero digamos que es el humus que sustenta nuestra forma de ver el mundo.

Hay un segundo sustrato cultural, técnicamente sería subcultura, que es la española formada también por cuatro ingredientes que forman su argamasa nutriente: una lengua hablada (o conocida) por todos, el yugo de una historia y vida compartida por pueblos con mucha personalidad, el aceite de oliva de una cocina superior al del resto de Occidente, la liga de fútbol con los Clásicos de todos los años, salpimentado todo con uno toque de modernidad: la puntualidad del AVE, permítaseme esta otra broma…

El catalán no deja de ser una manifestación de la subcultura española como la vasca, la gallega, la andaluza o la canaria. De todas ellas la más diferente es la vasca porque es la primigenia que se hablaba en Iberia antes de la conquista de Roma. Hablamos lo que hablamos porque fuimos conquistados por invasores del este, como los indígenas del Nuevo Mundo. La Historia siempre se repite. No es original.

***

Establecido el marco general les remito a mi Carta del Domingo anterior (No digo que no existen), en la que explicaba que no conozco hijos derechistas en el seno de familias de izquierdas, pero esa peculiaridad aún es más fuerte en el mundo separatista de piedra picada. Ahí no brota a ningún hijo el sentimiento españolista (no me gusta esta palabra, pero ya me entienden).

Digo que ese rechazo natural es más fuerte que la diferencia entre izquierdas y derechas, porque en este caso sí que son más frecuentes los cambios de acera; conforme el hijo se hace mayor, porque la experiencia de la vida lleva a descubrir nuevos horizontes hasta entonces velados.

Empero, en el ámbito separatista esto no sucede a no ser que el hijo haga las maletas y salga de ese ámbito geográfico emocional cogiendo ese Ave tan puntual y cruce el puente sureño del Ebro o los Monegros del oeste que le permitan conocer otras vidas que no le serán tan extrañas como cuando se cruzan los Pirineos, porque continuarán teniendo esos elementos comunes como son una lengua conocida, una historia y tradiciones conocidas, una cocina conocida, una liga conocida y una puntualidad del Ave tan conocida como las demás…

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Me molestan los separatistas y los separadores, porque los segundos alimentan a los primeros en los altos hornos con el mejor carbón de antracita que existe en el mercado. Los separadores me molestan porque azuzan las brasas de una desconfianza secular que hace un siglo mi filósofo de cabecera, José Ortega y Gasset, lamentaba enormemente; pero la grima que me dan los ideólogos separatas (no quienes les siguen, eso sólo lo lamento pero no me dan grima), no sólo es que nos quieran hacer creer lo que nunca ha existido (Cataluña no ha tenido un Estado independiente en la vida, cuando lo tuvo fue con Aragón bajo una Corona; nunca fue una República como Genova o Venecia, sus rivales en el Medievo. Hasta hace cuatro días ERC defendía que la nación catalana no sólo era el Principado sino Valencia y las islas, y ahora sueñan con dividir a su Nació…).

Decía antes de este paréntesis tan largo, que me dan grima porque siembran en el corazón de los catalanes que nos sentimos españoles la cizaña de un sentimiento de mala conciencia por no comulgar con sus ideas separatistas. Como si fuéramos catalanes de segunda.

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Amar la tierra dónde has nacido, dónde has recibido la primera leche, las primeras tortas, los primeros juegos y amores (tengo una frase que mis amigos me han oído muchas veces: mi patria es la infancia. En mi caso Lérida o Lleida). Defender ese sentimiento es lo más natural del mundo, pero eso no tiene nada que ver con ser nacionalista.

En realidad todos defendemos los afectos que aprendimos de niño. Sin pretenderlo mis padres me enseñaron, algo tan natural como respirar, a sentirme español y catalán. Eran las dos caras de una moneda.

Esa lección de la infancia nunca se olvida. La tengo grabada en el inconsciente. No es preciso ir a la escuela, como decía Napoleón, por eso la defiendo.

Nada más sencillo porque es una verdad universal.

Es un sentimiento que morirá conmigo.

PD: El próximo domingo hablaré de la particular psique catalana desde la perspectiva de Salvador Espriu.

Roberto Giménez

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