El tractor amarillo

junio 19 20:08 2018 Print This Article

 

José Manuel Gómez

¿A quién no le suena la exitosa canción  creada por el grupo Zapato Veloz  allá por los años 90?.  Era una canción alegre, que evocaba alegría a raudales y que  hacía referencia al mundo rural y  su tardía motorización,  muy  próxima al previo último éxodo del campo español de los años 80,  donde la población  pasó de un 70% a un escaso 3% actual  en pocos lustros; cifra  muy  similar a otras sociedades industrializadas de nuestro entorno.

El abandono de nuestro campo como sector primario, fue también parejo a la instauración y consolidación de nuestra democracia, a la reconversión industrial, al nacimiento de las autonomías, al ingreso en la U.E., con multimillonarias ayudas en cuanto a subvenciones; planes específicos para ayuda a la  montaña ( Leader), todo ello, condicionado a la paralela y rígida  disciplina europea, lo que permite hoy en día,  hacer viables muchas estructuras agrarias y ganaderas que de otro modo, serían totalmente inviables. Nuestro país, que duda cabe,fue uno de los principales beneficiarios, factor que explicaría en parte el por qué en las estadísticas somos más pro- europeos que otros países tradicionalmente más contribuyentes.

Aun así, no es fácil al granjero y agricultor hacer rentable hoy su actividad, puesto que debe competir con todo un Continente con plena  libertad de circulación de bienes y servicios sin ningún tipo de aranceles– recordemos los impunes asaltos clásicos en Francia a los camiones españoles que transportaban  fruta a Europa-; donde se debe estar y pasar por las cuotas como la de la leche – mal pactadas en la época de Felipe González-, que conllevó  la ruina de muchas granjas – por decir un ejemplo, en Galicia, se daban de baja anualmente de forma continua unos mil granjeros de media en los últimos años-. A  lo anterior,  hay que sumar, la avaricia de las grandes multinacionales de la alimentación, así como las grandes superficies,  quienes  imponen draconianos precios a esos productos que después ellos mismos venden al consumidor final hasta con un 80% o más de beneficio en base precisamente a esa explotación a los  pequeños productores., por lo que el estrés  laboral ya no es privativo exclusivamente del trabajador  urbano como lo reflejan las estadísticas de suicidios de agricultores y ganaderos  existente en Francia, grupo de riesgo laboral que  llega a superar esa misma tasa entre un 20% a un 30% respecto a la población general, drama que tenderá a ir  in crescendo en todo el continente, puesto que la U.E., tiene previsto rebajar dichas ayudas en breve, con el fin de centrarse en otros objetivos y prioridades como  defensa, investigación etc. Ello por no mencionar el actual pulso de EE.UU. con el retorno de su política  proteccionista, cuya incidencia en tales actividades podría ser considerable, -en el caso español, ya se sabe afectaría extraordinariamente a las exportaciones del aceite entre otros múltiples  productos-.

No obstante, guste o no , el actual “statu quo” de la política ganadera y agraria europea, con sus luces y sus sombras, ofrece  un marco  de cierta seguridad y viabilidad; que en el  improbable hipotético caso de independizarse una región que las múltiples que la conforman, caso de Cataluña por ejemplo, automáticamente, quedarían privados de dichas esenciales ayudas, y paralelamente, tendrían unos aranceles de exportación elevadísimos como país tercero hasta que no fuera miembro de pleno derecho – previo plácet también naturalmente de España-. Y es aquí, precisamente donde radica una de las   mayores  paradojas surrealistas del “proces”, puesto que es notorio que la mayoría independentista habita  en el campo, por lo que es lo rural el  núcleo duro por excelencia,  quien en  base al actual vigente sistema d´Hondt posibilita las  mayorías en el Parlament,  cámara quien a su vez, de una forma aún más ilógica, -en contra de la mayoría de los catalanes-, alineándose  a la también visceral hoja de ruta política de la Generalitat,- que más bien parece”particularidad” de unos cuantos-  se centran en ese cantado suicidio, que entre otros aspectos, ha llevado a la práctica inoperatividad legislativa y ejecutiva, y finalmente , a la pérdida del control por más de medio año de las instituciones propias por la aplicación constitucional del art. 155,  y lo que es más sorprendente, es que pretenden seguir haciéndolo, pese a la fuga de empresas, procesos penales, desacreditación internacional etc., todo ello en  un iluso y estéril  pulso al mismo imperio de la ley, a la plena democracia vigente en el país  y al propio “statu quo” internacional.

Aún resuenan en nuestros oídos un mensaje de audio en las redes sociales  de un tractorista que informaba este otoño del inminente corte de la carretera nacional  dirección Berga, quien terminaba con una clara alusión a aniquilar posteriormente a los no separatistas. Ese es el riesgo de las revoluciones, pues  por mucho que se pretenda disfrazar carnavalescamente de sonrisas, – todas ellas empiezan así, y terminan con lágrimas ajenas y propias-, siempre fue así desde la larga noche de los tiempos, drama del uso de la fuerza – qué no de la razón- , violencia que sólo fue anulada por la instauración de las democracias modernas, pues en tales seguros contextos jurídicos, difícilmente las mayorías pueden oprimir las minorías y viceversa- como es el caso-.

Tuve el privilegio de tener como cliente de mi despacho, a uno de los traductores oficiales de Mao Tse Tung, el cual aún vive, – reservándo su identidad por privacidad y otros obvios motivos-. Una vez establecida una mutua confianza, logré superar sus lógicos recelos y su gran prudencia típica de un anciano, y me permití hacerle la pregunta  que haría el placer de cualquier Historiador, y que yo llevaba años meditando: ¿valió la realmente la pena,  pese a ese notorio e innegable  gran avance técnico? “No” fue la clara rotunda contestación. Mao perdió las riendas, los “líderes locales” no eran controlables, y vino la contrarevolución y con ello, un altísimo coste en vidas humanas. El fin, nunca puede  justificar los medios.

    Un buen día, la alegría del tractor amarillo pasó a ser preocupación, bloqueando las carreteras e invadiendo las ciudades, emulando los blindados y divisiones acorazadas del Estado al que pretendían plantear una involución que no revolución, donde se reunía la ingenuidad de unos y la  torpe listeza de otros, con el resultado del desprestigio institucional y personal de todos, mero juego de “póker” para unos,  y “esperanza de graves incidentes” para otros, a cargo en exclusiva del manipulado pueblo por parte de esa casta política indigna y actualmene procesada, con intereses ocultos y propios, ajenos evidentemente al pueblo que decían representar.

El tractor, ahora negro como el futuro que se avecinaba, pasaba a ser el símbolo de una Cataluña interna, profunda, visceral y  antidemocrática. Frente a ese símbolo se levanta ahora  otro, el de Tabarnia, como exponente de lo industrial, del sector servicios, urbanista, de mente abierta y cosmopolita,  que llegará exactamente en su innegable  legitimidad constitucional hasta donde quieran llegar los primeros, y que sin duda acontecerá si persisten en tal antisocial dinámica aun siendo  minoría obvia.

José Manuel Gómez

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